Hay una aldea a tres horas de la capital donde los ancianos todavía recuerdan los tiempos del comunismo como si fueran ayer. La iglesia que quedó en pie —medio en ruinas— es ahora el punto de reunión de un grupo de creyentes que se cuenta con los dedos de las manos. Llevo seis meses acompañándolos.
La Iglesia en los Balcanes no es un proyecto nuevo que hay que construir desde cero. Es una semilla que lleva décadas enterrada bajo la nieve del ateismo estatal y la desconfianza postsoviética. Mi rol no es traer el Evangelio como si esta tierra no lo conociera; es ayudar a que lo que ya existe florezca de nuevo.
Esta semana uno de los ancianos del grupo me contó cómo su padre escondió una Biblia durante 30 años dentro del doble fondo de una caja de herramientas. La sacó cuando cayó el régimen y fue lo primero que leíyó a sus nietos. Esa historia vale más que cualquier estrategia misionera.
"La fe no muere. Descansa. Y cuando llega el momento, vuelve con más fuerza." — Dragan, 74 años
Les pido oración por este grupo. Necesitamos sabiduría para discipular a una generación joven que desconfía de las instituciones religiosas pero tiene una sed espiritual real. Y necesitamos recursos para reparar el techo del edificio antes de que llegue el invierno.